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El futuro está abierto

Por Osvaldo Torres

Antropólogo. Director ejecutivo de La Casa Común.


Los triunfos y derrotas son fundamentales para los aprendizajes políticos. Como señala Keucheyan, las derrotas políticas se diferencian de las militares o deportivas, pues las primeras potencialmente no tienen fin, las otras finalizan en algún momento. En política se pueden cometer errores tras errores sin aprender, pero la disputa por el poder sigue dándose; es algo así como de derrota en derrota hasta la derrota total. Es por esto que la victoria de Gabriel Boric como Presidente de Chile para el período 2022-2026 es importante analizarla, pues ratifica el ciclo abierto en octubre-noviembre de 2019 y repone a la izquierda como protagonista político principal del proceso, superando el eje transicional DC-PS.


Hay tres aspectos que comentaré, respecto de los aprendizajes de un ciclo abierto al futuro. Una primera cuestión es la victoria electoral ante el candidato de ultraderecha José Antonio Kast, que es la expresión de una fuerza ideológica con arraigo social en varios países europeos, en Estado Unidos y Brasil, y que ha venido avanzando en América Latina, con un discurso populista de corte nacionalista, muy apegado a las tradiciones culturales más conservadoras en lo valórico. Tiene como sostén la idea de que la nación ha sido posible por la alianza entre los valores cristianos tradicionales de familia (patriarcado heteronormado),y de unas Fuerzas Armadas al servicio del “orden” más que de la ley. Esto en un contexto de políticas neoliberales que acrecientan la concentración del poder y las desigualdades. Su ferviente anticomunismo trasvestido como amenaza en un “antimadurismo” y “narcoterrorismo”, combinado con montajes y falsas noticias en redes sociales, le dio un rédito electoral, que paradójicamente debilita al sistema democrático.


Haber vencido a estas fuerzas y sus apoyos internacionales, muestra la capacidad de reacción social y política que tiene el pueblo, el débil compromiso democrático de sectores importantes de la derecha, pero también indica la capacidad por parte del Frente Amplio y Apruebo Dignidad para leer y ponerse a la cabeza de un bloque amplio de fuerzas, con un proyecto que respira con los anhelos de la mayoría de la sociedad.


Un segundo tema es que esta victoria electoral se da en un contexto mayor, como lo es el proceso constituyente, centro del conflicto estratégico de cómo se organizará la institucionalidad el país y si la nueva Constitución será capaz de asumir y delinear los profundos cambios que han ocurrido en el mundo y en Chile, dejando atrás las concepciones asociadas al siglo XX del capitalismo industrial, la Guerra Fría y la dictadura, combinación ideal que profundizó el capitalismo salvaje, del tipo acumulación originaria, sin dejar inversiones relevantes para el desarrollo nacional.


La nueva Convención Constitucional ha sido producto de la rebelión social iniciada el 18 de octubre y que movilizó a millones de personas y organizaciones temáticas y de tipo tradicional, que confluyeron en una demanda política sustantiva de exigir una Asamblea Constituyente y, por otra parte, es producto de una negociación política que le dio cauce institucional a la rebelión, involucrando a la amplia mayoría de partidos con representación parlamentaria, con excepción del Partido Comunista. Este “modelo” tiene dos aspectos dignos de destacarse, por una parte, evidencia un compromiso con la institucionalidad democrática por imperfecta que sea (semisoberana), pues se entiende que la democracia es constitutiva de cualquier proyecto de izquierda y, por otra parte, que el nuevo Gobierno tendrá, entre sus objetivos fundamentales, ponerse al servicio del éxito de la Convención y gestionar los primeros pasos de la instalación de una Constitución verdaderamente democrática.


Gabriel Boric, con la decisión de trabajar y firmar el acuerdo por una nueva Constitución, expresó un tipo de pensamiento político que vincula el proyecto transformador con la realidad y la voluntad de cambio con el respeto al orden institucional democrático (por limitado que sea). Las recriminaciones del campo propio, sobre la firma del acuerdo que abrió paso a la Convención Constitucional, muestran la diversidad de la izquierda en concepciones y estrategias respecto de cómo lograr las transformaciones estructurales que superen el neoliberalismo, campo consolidado no solo en la estructura económica sino también en las subjetividades de las chilenas y los chilenos. En este sentido, el acierto estuvo marcado por la convicción de impulsar una salida a la crisis de octubre en el marco institucional para, justamente, terminar con este.


El tercer elemento de la victoria, quizás el más determinante para el futuro de las generaciones actuales y venideras, son las lecciones de largo plazo. En este caso, en el proceso chileno estará en juego la idea de superar las causas de las derrotas y frustraciones de una izquierda latinoamericana que requiere transformarse para poder transformar la realidad; de esta forma las derrotas políticas pueden tener fin.


Los proyectos de la izquierda más tradicional chilena, han permanecido relativamente estables y con un apoyo electoral moderado, a pesar de haber tenido participación política activa, sea en el Estado o en la relación con este.


La izquierda chilena, o las izquierdas, tuvieron en los últimos 30 años tres referentes básicos: ese socialismo liberal europeo, que resistió y luego dirigió la transformación neoliberal moderada en ese continente, reflejándose en Chile en una política de connivencia y aceptación de la hegemonía neoliberal en la prolongada transición, aplicando políticas púbicas que amortiguaran las desigualdades; por otra parte, el Partido Comunista, rechazando los acuerdos transicionales, se articuló en una política extraparlamentaria, que reiteraba la línea de rebelión de masas, para luchar contra el neoliberalismo; otra izquierda, más difusa y diversa, se fue constituyendo en universidades, territorios y causas antidiscriminatorias, generando dinámicas sociales, movilizaciones e ideas nuevas, en un país en transformación cultural y económica, pero de un rezago institucional y político evidente.


Durante los 90 y hasta fines de la primera década del 2000, las experiencias latinoamericanas como “el socialismo del siglo XXI”, de Chávez-Maduro o el “sandinismo de Ortega-Murillo”, golpearon en el sentido común del pueblo y la subjetividad contemporánea al mostrar unas izquierdas devaluadas, de corte autoritario, con partido único, que, controlando los poderes del Estado, culminaron en regímenes corruptos, violadores de derechos humanos y desastres económicos (más allá del sabido juego intervencionista de Estados Unidos). Al mismo tiempo, la vieja generación de proyectos revolucionarios de los 60, como los Tupamaros uruguayos, sellaron un compromiso con la democracia tempranamente en los 80, y también los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala, a través de los procesos de paz, mediados por la ONU.


La izquierda plural en el continente tuvo su momento a inicios del siglo XXI en Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia, agrupados en lo que se llamaron los “gobiernos progresistas”. Estos alcanzaron el poder por la vía electoral y gobernaron con políticas públicas redistributivas, dignificando a millones de familias en sus países. Sin embargo, su ciclo se cerró junto con la caída de los precios de las materias primas, al no haber impulsado transformaciones estructurales en las estrategias de desarrollo (Bolivia es la excepción, justamente por eso).


La izquierda naciente del Gobierno de Boric tiene una oportunidad única en este campo también. Contribuir a resolver el agotamiento de un modelo económico e institucional que devino en rebelión social, deudas ambientales, desigualdades de todo tipo y con una democracia limitada. Una herramienta clave es su propuesta programática, que ha logrado articular las luchas por las libertades y derechos de sectores relevantes de la nueva sociedad chilena, y que vuelve a vincular a la izquierda no solo con la justicia social y la fraternidad, sino también con la libertad. Esta izquierda, ahora alianza de Gobierno, nace comprometida con los derechos humanos como fundamento de su identidad y lo promueve como motor de los cambios, pues entiende que estos no son solo un marco jurídico sino también expresión jurídica de las demandas, movilizaciones y triunfos de poblaciones avasalladas por diversas formas de opresión.

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