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OPINIÓN | Hacia la segunda independencia

Por Osvaldo Torres Gutiérrez, antropólogo y director ejecutivo de La Casa Común.


Elisa Loncon, presidenta de la Convención Constitucional, sorprendió con un improvisado discurso al momento de asumir su cargo que pasará a la historia del país. No me cabe duda que entrará en los textos de estudio de los colegios y será revisitado desde diversas disciplinas y sectores sociales y políticos.

Ella, miembro orgullosa de su pueblo, convocó a Chile y a todos sus pueblos a cambiar la historia del país. Afirmó que esta Convención Constitucional es para todos y todas, y que participativamente se construirá un Chile plurinacional, intercultural que no atente a los derechos humanos y de la naturaleza, una forma nueva de ser plural, democrático y participativo.

Loncon llamó a refundar Chile, ampliando la democracia con todos, con unas culturas de todos, estableciendo una nueva relación entre quienes conformamos el país. Esto implica un giro radical en la forma de concebir nuestra identidad, nuestra institucionalidad y nuestra democracia. Pero, no implica ni partir de cero ni echar todo por la borda, como pretende el discurso provocador del miedo y la desestabilización de la Convención. Loncon trae al presente un acto rupturista de consecuencias históricas profundas para el país. La declaración de la Independencia de la corona española en 1818, implicó tanto el profundizar la construcción de un nuevo sistema político institucional ya iniciado en 1810, como la creación de un sentido de comunidad nacional. Esto, constituyó claramente un antes y un después radical, pues requería pensarse una nación, crear un Estado republicano y generar un relato identitario, que permitiera la convivencia de los habitantes. Nada de ello fue fácil, ni tampoco resolvió todos los conflictos existentes; es más, creó otros.

La declaración de la Independencia de febrero de 1818, expresó con claridad que Chile se fundaba como país independiente terminando con ello la “violenta sumisión” ante el imperio español: “la resistencia del débil contra el fuerte imprime un carácter sacrílego a sus pretensiones y no hace más que desacreditar la justicia en que se fundan”. Es decir, los débiles de ayer también sufrieron los ataques del poder para desacreditar la justicia de sus planteamientos.

Lo que existe aún, en la elite del país y sus intelectuales, es un déficit de comprensión de las causas profundas de lo que hoy ocurre. No fueron ni alienígenas, ni delincuentes, ni agentes extranjeros los que gatillaron la rebelión social, como tampoco fue una crisis catárquica de un pueblo “angustiado”, “rabioso”, “irracional” o con una “subjetividad enferma” y con un “malestar” que requería esta forma terapéutica de sanar las “deudas sociales y emocionales”. como algunos los han caracterizado superficialmente Tampoco llegaron a la Convención personas solamente impugnadoras del viejo orden o asambleístas del barrio o la universidad, como se ha afirmado despectivamente.


Por otra parte, un 80% del electorado ha dejado claro que la Convención Constitucional, es la mejor y verdadera representación del Chile real. También se ha afirmado, que la rebelión social es la expresión de demandas acumuladas por décadas que el sistema político autoritario y elitizado no supo ni pudo procesar. Y, mientras no se consideren estos factores, de una mínima comprensión sociológica, un sector del país -su elite empresarial y representantes- se autoexcluirán del proceso, no por el “totalitarismo” ni la contumacia de la mayoría de las y los convencionales, sino, simplemente, porque estarán en su “oasis” o “burbuja” sin abrirse al otro país en deliberación.

La Convención Constitucional, también se puede entender perfectamente como el acto principal de una segunda Independencia, si consideramos que quienes llegan a elaborar la nueva Constitución son representantes de toda la diversidad del país, de sus regiones, sus vivencias e inclinaciones o militancias políticas. Esto no se logró ni en el Cabildo de 1810 ni en ninguna de las constituciones políticas posteriores, de votos censitarios o comisiones designadas. De lo anterior, es que se puede decir que es un proceso fundante, de fuerte base democrática, que culturalmente está proponiendo la inclusión de todas las cosmovisiones, religiones, género y opciones sexuales e intereses. De esto, por supuesto no saldrá una constitución autoritaria, ni tendrá a las FFAA como expresión del “interés superior de la Nación”, pues tendremos naciones que se regirán por normas acordadas y sometidas a la soberanía popular.

Este tremendo cambio cultural en curso, intentará ser degradado; desprestigiados sus actores, minada su fuerza legitimante y -eventualmente- pueden ser creadas las condiciones para que no tenga como resultado una nueva Constitución. Es demasiado profundo el cambio, para que los Portalianos, amigos del orden y la autoridad por sobre la ley y la soberanía popular, se queden muy tranquilos.

Dicho lo anterior, queda pendiente la discusión sobre la identidad e identidades nacionales que se construyen desde el poder y su diferencia con las identidades que portan los colectivos, sean pueblos originarios o mestizos. Esto será clave para la unidad de un Estado que pretende ser plurinacional e intercultural y que le deberá dar sustento cultural y político a la democracia y la nueva institucionalidad.

Finalmente, la responsabilidad principal de que la constituyente tenga éxito y no fracase, no está en sus detractores, está en quienes hemos respaldado activamente el proceso constituyente y en especial en manos de las y los convencionales.

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