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No cancelen a Natalia (o por qué el humor de derecha no existe)

Actualizado: nov 25

Por Javier Manríquez (@guororororoi), creativo y socio de La Casa Común



¿Qué es un chiste? Digamos, por ahora, que un chiste es una frase o relato diseñado con el único fin de hacer reír. Todo chiste se compone generalmente de tres partes: un “pie” (en inglés “set up”, preparación), y un “remate” (en inglés “punchline”, o la “línea combo”).


Antes de todo eso, además, está una especie de “paragua conceptual” que lo cubre todo; la premisa: el punto de vista desde donde emana el humor.


En la práctica, la premisa puede estar o no en el pie, pero siempre está. “Escándalo en residencia sanitaria… Alcalde Lavín se salió a sí mismo en la sopa”.


En ese titular, la premisa, la mirada cómica sobre la realidad, es que el mentado edil tiene un afán desorbitado por figurar. Así, esto se expresa en una construcción, donde hay un pie (“escándalo en residencia…”), y finalmente un remate, que rompe la expectativa a través de una exageración (“se salió a sí mismo en la sopa”).


Miremos qué es lo que está pasando en el fenómeno de esa risa. O sonrisa, o sonrisa mental: el comentario es que el afamado pinochetista de Las Condes resulta demasiado figurín. El remate, el golpe, está puesto en su hiperventilación mediática.


¿Está “bien” reírse del Chicago Boy? En este caso, yo diría que sí, principalmente porque ostenta un cargo de poder. La relación entre nosotros y él es asimétrica. Es un “combo” metafórico, desde un “común”, nosotros, a un “mayor”: una autoridad.

Y ese combo, además, está dirigido a una característica de su personalidad. No a una característica física, mental, o emocional. Lo molestamos no porque sea feo; lo molestamos por pintamonos.


Cabe aquí entonces una pregunta fundamental: ¿de qué nos reímos cuando nos reímos?


El humor, como la vida, es un juego de distancias. Disculpando el arjonismo, quisiera explicar lo anteriormente señalado.


Existe una distancia geográfica, naturalmente, pero también existen una distancia temporal, y una distancia emocional. Imaginemos que una persona va caminando por la calle, le cae un piano en la cabeza y se muere. Si esto ocurriera en Dubai, sería una curiosidad: está demasiado lejos para que nos “afecte” demasiado. Pero si pasara en Lota, sería noticia. Ahora, si esto ocurriera cien años en el pasado, sería quizás un detalle en algún libro de Historia. Pero si sucediera hace unas horas, sería digno de conmoción. Incluso más: si esta fuera la causa de muerte de mi hermano, sería mucho más doloroso. Me dolería tanto, de hecho, que no aceptaría ningún chiste sobre muertes y pianos, pues estaría demasiado cerca emocionalmente como para reír, al menos por un largo rato. ¿Significa esto que nadie debería hacer chistes sobre pianos y asesinatos relacionados a pianos? Por supuesto que no. Significa que no sería aconsejable hacer esos chistes en frente de mí.


Cuánto te demoraste en bromear sobre los 33 mineros, dependía de cuán sensibilizado con el caso estabas en ese momento. Lo mismo la muerte de Felipe Camiroaga. Hubo gente que lo sintió como la pérdida de un familiar, incluso sin conocerlo. Otras no entendían qué tenía que ver un animador en la vida de alguien.

Así ocurre con temas gigantescos como el Holocausto, el apartheid, o la ocupación israelí en territorio palestino. Sensibilidades colectivas a gran escala. No existe una respuesta definitiva sobre si nos podemos reír o no, va a depender siempre del ángulo desde el que se elija comentar, y del remate que se elija dar. Uno podría argumentar que hay ciertos temas que son tan dolorosos, que no cabe ángulo posible. Puede ser. También puede ser que alguien encuentre uno. La pregunta es: ¿vale la pena buscarlo?¿Para qué?


Otro factor a considerar es quién dice el chiste, y dónde.


Un hombre afrodescendiente puede reírse de su propia experiencia racial: es protagonista de su historia, la vive, en la relación de poder, es un igual. Pero un hombre caucásico, representante o heredero de la opresión sistémica en contra el primero, por supuesto que no. Ahora, ese mismo hombre blanco, sí se “puede” reír de sí mismo y de su imposibilidad de comentar sobre un tema así. “Poder” en cuanto a pertinencia, claro, porque de poder puede siempre, el asunto es si debería.


Cuando Felipe Avello en SQP representa una caricatura homosexual y grita “¡qué pasó!”, a mi juicio, no se está riendo de la homosexualidad, sino de quienes históricamente se han reído de manera burda y grotesca de la homosexualidad. Es una caricatura de la caricatura. Ahora, esa es la interpretación personal, desde mi experiencia y sensibilidad heterosexual. Quizás, y con justa razón, haya quien argumente que independiente de su objetivo final, de todos modos Avello está reviviendo y masificando estereotipos dañinos que refuerzan prejuicios y discursos de odio. Puede ser. Puede ser. Al menos bien vale una conversación.


¿Se tiene necesariamente que ser “correcto” en el humor? Yo pienso que la pregunta es otra: ¿queremos hacer daño con nuestro humor? No se trata de coartar la libertad de expresión, se trata de decir: tus palabras me hieren, ¿quieres seguir repitiéndolas incluso así?

Cuando algunos se quejan de que hoy “no nos podemos reír de nada”, lo que están haciendo es evidenciar que nuevas sensibilidades están saliendo a la luz y nos impiden atacarlas. “Nuevas” en el discurso público, porque de existir siempre han existido, solo que han estado silenciadas y/u oprimidas.


Entonces, ¿de qué nos podemos reír? Ahora que entendemos que el chiste es una preparación y un remate, la respuesta es sencilla y compleja: nos podemos reír de todo, dependiendo de la distancia, el contexto, y el objetivo de ese remate. Es distinto “atacar” cómicamente una autoridad, que a un par, o que a alguien en cierta “desventaja”, ya sea histórica, social o particular.


Aquí es necesario que identifiquemos y concienticemos las relaciones de poder que ocurren de manera evidente y subterránea en nuestra sociedad. Esto puede ser algo más complicado. Requiere identificar privilegios, abusos y verdades incómodas. Y muchas veces, estas líneas corren en carriles paralelos que se cruzan y entrecruzan de maneras sorpresivas y desagradables, incluso para uno mismo.


Ser un hombre de tez (más o menos) clara y cisgénero implica una serie de privilegios sociales y estructurales que necesito reconocer. Mis privilegios, solo por ser hombre, incluyen desde ser más escuchado en una reunión, hasta ganar más por desempeñar la misma labor que una mujer, o por ejemplo salir a caminar en la noche sin temer por mi vida o mi integridad sexual.


Ahora, ser un hombre blanco heterosexual cisgénero, y pobre, es distinto frente a una mujer de clase alta. Yo mantengo mis privilegios de género, al mismo tiempo que ella ostenta otros de clase. Y al mismo tiempo, de cada situación se desprenden también las consecuentes discriminaciones para uno y otro. Así también ocurre con la relación entre dos hombres de clase alta, cuando uno de ellos es homosexual o no se identifica con su sexo biológico. O cuando uno pertenece a un pueblo originario o se encuentra en una situación de discapacidad.


Cuando un hombre dice un “chiste” machista, del estilo “las mujeres deberían estar en la cocina”, necesitamos reconocer que se trata de una persona que ostenta cierta posición de poder social, atacando, “dando un golpe” a través de su remate, a una persona socialmente en “desventaja”. Esto no significa que estas condiciones sean inherentes a nuestro género, color, o circunstancias específicas, o que mucho menos sean eternas, al contrario: la gracia es que al ser relaciones sociales están vivas y se pueden cambiar. Retomando el ejemplo, es necesario mirar hacia dónde está dirigido el remate. Lo “divertido” sería que la mujer pertenece a la cocina y fuera de ella está perdida. Uno podría argumentar que ese ángulo no es particularmente interesante, ya que la sociedad hace mucho superó tal estereotipo; es añejo, y como tal, no sorprende. Por lo mismo, lo que vemos en el enunciado entonces es más bien un ataque desprovisto de gracia.


Puede que aún así alguien se ría con esto. La pregunta que convendría meditar entonces sería: ¿qué es lo que realmente me da risa? ¿Por qué me río de este ataque?¿Qué es lo que me está generando realmente placer?


En el humor, donde he tenido la suerte de trabajar, al momento de crear un chiste o una situación humorística, más que decir si algo es o no “divertido”, es preferible preguntar si algo “funciona”. Todos tenemos distintas sensibilidades para el humor, sin embargo, cuando algo funciona, es independiente del gusto. Es una matemática interna.


En el chiste machista "¿qué hace una mujer fuera de la cocina? Turismo", hay un enunciado que llama la atención y luego un remate, “turismo”, que rompe la expectativa de lo que primero se plantea. ¿Funciona? Yo diría que sí, la matemática interna es efectiva. Pero, ¿es divertido? Yo diría que no. Es un ataque desde un punto de vista o una premisa, añeja.


Por supuesto, esto no significa que uno no pueda reírse en ningún caso de lo anterior, o que uno sea un idiota si es que lo hace; es una invitación a identificar exactamente de qué nos estamos riendo. Puede pasar que uno se ría de lo “zafado” del chiste, de lo “incorrecto” del chiste, y no del chiste mismo. De la situación. Algo puede ser de tan mal gusto que nos da risa su mera existencia, y no lo que el chiste está diciendo.


Es por todo esto que, a mi juicio, el humor de derecha no existe, al menos en nuestro país. Porque los escasos ejemplos que hemos podido presenciar, como el extinto pasquín “Ají Verde” o algunos memes de nula calidad en Twitter, siempre consisten en atacar desde una posición de privilegio a personas en una posición menos privilegiada, con premisas crueles o macabras. Los ángulos suelen ser: “es ridículo que este grupo de gente pida justicia”, o, “es tonto que demanden dignidad”, además de ridiculizaciones burdas, anticuadas, o miradas llenas de machismo y misoginia. Es natural entonces que cualquier persona con un mínimo de empatía y sentido común no se ría con ese tipo de enunciados, porque más que reírse, se va a sentir violentada.


Obviamente no estamos hablando de una discusión maniquea donde la izquierda es “buena”, y la derecha “mala”, pues hay mucho humor desde la izquierda hacia la misma izquierda, por decirlo de alguna forma, y muchas oportunidades para reírse tanto de otros como de nosotros mismos. Además, nadie está a salvo de los vicios y prejuicios históricos que heredamos. Se trata simplemente de argumentar que los “cómicos” de la derecha actual, demuestran, muchas veces sin darse cuenta, su enorme mezquindad, crueldad, y desconexión con cualquier tipo inteligencia, ya sea racional o emocional, al visibilizar sus premisas y los objetivos donde aciertan sus “remates”: se ríen de los “débiles” celebrando su “debilidad”.


Para finalizar, recientemente Natalia Valdebenito hizo un comentario en Twitter sobre la apariencia de uno de sus hostigadores. Dijo que era feo y que por eso no valía la pena responder sus ataques, abiertamente fascistas y misóginos. El absurdo de la situación escaló tanto que hasta una ex ministra de Estado apareció defendiendo al muchacho, quien, al parecer, debe utilizar una silla de ruedas.

¿De qué se está “riendo” Natalia aquí? De que el joven tiene cara de tonto, por lo tanto debe ser tonto, y sus argumentos no resisten mayor análisis. El remate no tiene que ver con su situación de discapacidad, sino que con su cara. Uno podría pensar que criticar la “cara de hueón” de alguien tampoco sería lo más aconsejable, pues quienes tenemos el infortunio de padecer estas características no podemos hacer demasiado para cambiarlas. Bueno, basta comprender el error, pedir disculpas y no volver a repetirlo, cosa que ella hizo de inmediato y públicamente.

La odiosidad que emana del joven en cuestión, sin embargo, no tiene que ver con su condición física. Uno puede atacar con machismo y violencia, sin importar nuestras circunstancias. Y vamos a seguir haciéndolo siempre hasta que en un proceso de reflexión y humildad, nos atrevamos a evolucionar. Y ese es el asunto: la odiosidad sí es posible de cambiar.


¿De quién nos podemos reír? De todo el mundo: es una actividad incluso democratizadora, nadie se escapa de una broma, todas y todos tenemos la misma valía e integridad como para poder reír y reírnos de nosotros mismos. Lo importante es identificar de qué y por qué nos estamos riendo. Dónde estamos acertando el golpe. Y en el ejercicio inverso, es importante saber que todas y todos podemos ser justamente criticados si nuestra conducta es reprochable.


Más que cuestionar a Natalia entonces, la invitación es a dejar de buscar “cancelar” a una gran comediante, y dirigir esa cancelación hacia lo que sí vale la pena cancelar: los discursos de odio, el machismo, el racismo, el negacionismo, la homofobia y tantos otros males que afectan a una parte importante de nuestra sociedad.



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