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OPINIÓN | Salvavidas. El arte sí puede salvarnos

Por Francisca Mancilla Salas (@lee.como.nina)


No es novedad que estamos frente a un proceso histórico en Chile, no sólo por lo que nos obligó a vivir el covid-19 y el estallido social, sino porque ha sido un año en donde todos los ámbitos de la vida se han visto alterados. Llevamos un año en donde no alcanzamos a salir de una y caemos en otra, en donde nos hemos visto obligados a alterar todos nuestros espacios, nuestras costumbres, nuestra socialización, incluso nuestra forma de luchar.


Pero, ¿qué nos ha salvado y nos mantiene a flote? En mi opinión, el arte. Eso que tiene el menor presupuesto dentro de las carteras de gobierno, ese sector tan precarizado en términos laborales, eso que está sujeto a concursos (cada vez más engorrosos) para poder desarrollar proyectos, eso que cada vez tiene menos espacio dentro del sistema educacional chileno.


Sin embargo, el arte – en todas sus disciplinas, se cuela entre las grietas del sistema y al final del día nos une y nos genera un sentido de pertenencia que nos hace sentir parte de una cultura, a ratos, una nueva cultura.


Pero volvamos ¿Cómo nos ha salvado el arte este último año?


Octubre del 2019, Santiago se paralizaba y salíamos a la calle sin entender bien que pasaba, el metro ardía, la efervescencia se sentía, una sensación generalizada de hartazgo inundaba hasta el pasaje más pequeño de la capital. Rápidamente “El baile de los que sobran” comenzó a sonar en las concentraciones y marchas. Las redes sociales se llenaron de gráficas: “No son 30 pesos, son 30 años” (que importante ha sido el trabajo de las y los diseñadores). La alameda – las grandes alamedas – se convirtió en la galería de arte más extensa del país, en sus paredes no sólo vimos consignas y grafitis, también vimos ilustraciones, serigrafía, montajes, collages, fotografías, distintas técnicas que no solo nos emocionaban, sino también se configuraban como símbolos de protesta y denuncia. El que diga que no se le asomaron lágrimas en los ojos con el montaje de Felipe Camiroaga y el Negro Matapacos, MIENTE.


Durante el estallido social vimos nacer también figuras que hoy podemos identificar como referentes culturales. ¿Quién puede negar que la tía Pikachu nos devolvió la alegría? Eso es arte.


¿Y en la pandemia? ¿Qué hubiera sido de nosotros sin las clases de danza por zoom? ¿Qué hubiera sido de nosotros sin las películas, documentales, cortos y teleseries que nos transportaron a otras realidades? ¿Qué hubiera sido de mí sin los libros?


Acá me quiero detener y sabrán perdonar la auto referencia. Siempre me ha gustado leer, pero el trabajo, el sistema, la jornada laboral y las exigencias exitistas me quitaron el placer por sentarme a leer y olvidarme de todo lo demás. Años que no tenía el tiempo para leer. Pero con el covid-19 la vida se detuvo, me quedé cesante, y aun así en un contexto de absoluto privilegio, me vi con un exceso de tiempo que del cual nunca había sido dueña. Me volví a mi librero que guardaba más polvo que novedades, y lo ataqué sin piedad.


Tantas autoras que no conocía, chilenas, jóvenes, que están escribiendo hoy mismo, creando mundos originales de visitar. Autoras tremendas, contundentes, que me dejaron boquiabierta al cerrar cada uno de sus libros, como Mariana Enríquez. Obras clásicas, pero contingentes, que no envejecen, como Bestiario. Descubrir que no es necesario escribir hojas y hojas para contar un mundo interior complejo (recomiendo leer a Legna Rodríguez, “¿Qué te sucede, belleza?”). Conocer que el mundo editorial en Chile es mucho más grande y prolífico de lo que creía, y que la producción de libros es constante y esforzada.


Y que los libros son también armas de protesta – sé que con esto no estoy descubriendo nada que no se haya dicho, pero que son tan importantes como lo que vemos en la alameda, que denuncian tan fuerte y que hablan tan claro.


A un año del estallido social, Alquimia Ediciones publicó el último libro de Nona Fernández. La historia se sitúa en la pandemia que seguimos viviendo, contrastada con el sistema mercantilizado y precario que nos tocó vivir. “Preguntas Frecuentes” es una cachetada de realidad, tanto que incomoda, te remueve, te interpela.


No tenemos que viajar a la década de los ’70 para encontrar voces comprometidas con el contexto político y social en el que vivimos. No tenemos que recurrir, necesariamente, a las y los poetas muertos. Tenemos a la Nona, tenemos a Elvira Hernández, tenemos a Rosabetty Muñoz, tenemos a Zurita, a Chihuailaf. Incluso ahora hay literatura infantil comprometida y consciente (pueden revisar el trabajo de June García con Josefa Araos y la saga de Lulús).


Y así, tantas y tantos autores que me faltan por leer y conocer. Tantas voces que resuenan y nos transportan, tantos mundos que no conocemos, tantas historias que están esperando que nos las apropiemos y las hagamos crecer.


El arte nos salva la vida o nos la devuelve, en mi caso los libros y la literatura le dieron sentido. Lean, lean, lean, lean. Escriban, lo que sienten, lo que observan, lo que se les ocurra. Comenten lo que leen con sus cercanos, hagan circular ese libro que aman, denle sentido a la historia que contiene, compártanlo, aprópienselo.


Que esta oportunidad histórica no se nos vaya de las manos, ahora que sabemos la importancia de las artes en el desarrollo personal del individuo y de la sociedad, la capacidad que tiene para democratizar el conocimiento y el poder, démosle el lugar que merece, con el financiamiento que merece.


Apruebo, Convención Constitucional.


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