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RELATO | Acerca de la importancia de la cultura y del arte.

Por Enrique Matthey, artista visual y socio de La Casa Común.


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Hace un par de semanas oí un programa de radio en el que dos personas hablaron sobre lo importante que es la cultura en una sociedad, aludiendo con ello a lo esencial que es considerarla dentro del proceso constituyente que se avecina en nuestro país. Como el tema para mí es relevante puse atención a lo que se decía, sin embargo, a poco andar de los discursos comencé a experimentar impotencia e indignación pues, como es habitual, cada vez que alguien supuestamente versado habla de cultura o de arte incurre en vagabundeos crípticos y volátiles, confundiendo más con declaraciones disparatadas que no definen lo que es cultura ni tampoco arte. Antes que nada se debería decir con exactitud y responsabilidad qué es cultura, qué es arte, y solo entonces establecer por qué es importante que un país que aspira a ser mejor considere que es preciso impulsar políticas que promuevan la pertinencia de ambos dentro de su estructura constitucional.

En este sentido, siempre he admirado a quienes desde sus púlpitos disciplinares son capaces de ponerse en el lugar del otro, en especial de los que por diversos motivos no saben o no han tenido la oportunidad de acceder a esas alturas celestiales, y que, sin rebajar el espesor de sus discursos ni partir de supuestos, exponen con rigor y de modo simple algo que es complejo y profundo, permitiendo de esa forma que aquello que es aparentemente incomprensible se convierta en un conocimiento que ingresa al cuerpo de manera amable y familiar.




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Cerca de dos décadas atrás me tocó moderar una mesa donde el tema central era la cultura; sin embargo los comensales que exponían focalizaron sus ponencias en asuntos laterales y derivados de la cultura, me refiero a expresiones artísticas o de la teoría e historia del arte, de acuerdo con la afinidad disciplinar de cada uno de ellos, sin apuntar a lo medular, que era la cultura. Esto tal vez se deba a una deformación generalizada, a causa de creer genuinamente que sus quehaceres eran expresiones que al forjarse y nutrirse al alero de la cultura, dándole cuerpo, la definen, pero no es así: el arte es una cosa y la cultura otra. A raíz de ello, repentinamente una persona del público se levanta impaciente y me interpela con la pregunta sobre qué es cultura. Reconozco que ante el apremio de la situación por mi cabeza circularon muchas definiciones en milésimas de segundos, respondiendo casi en el acto con un aparente aplomo que infundió en la concurrencia la certidumbre que mi réplica, por lo breve, precisa y rotunda, era correcta: “Cultura es todo aquello que constituye identidad”.

Con el tiempo, esta compacta definición continúa convenciéndome, consciente que el concepto de cultura es complejo de precisar, independiente de lo que arrojen los diccionarios, que ante palabras que implican profundización muchas veces optan por respuestas pragmáticas que merodean en torno al objetivo sin acertar en el significado.

¿Y qué es cultura? Esto me hace recordar el epígrafe extraído de la Campaña en Francia, de Goethe, con el que Thomas Mann inaugura su breve libro El amo y el perro, que dice: “Aquí estamos felices en casa: un grato ambiente va de puerta en puerta, con la mirada del artista, en calma, aquí, donde la vida es amistosa. Aunque avancemos a remotas tierras, siempre llegamos aquí de retorno, y por mucho que el mundo nos fascine, regresamos a nuestra limitada estrechez, que nos hace ser felices”.

La casa, con esa “limitada estrechez”, es decir, el recinto acotado donde nos reconocemos, donde se moldea nuestra singularidad, lo que somos: esto grafica en escala uno a uno lo que es cultura. Aunque cabe precisar que no es lo mismo la casa de la infancia que la casa de la adultez. La primera es donde se construye la identidad, donde se nos transfiere el legado de los antepasados, que viven en un lugar determinado, que se graba en la memoria inocente sin que durante ese periodo lo podamos modificar. La casa de la adultez, en cambio, es aquella que preservando cosas de la anterior, la modelamos de acuerdo a decisiones y deseos que adoptados una vez que dejamos la candidez y nos convertimos en emancipados discriminantes.

¿Cuáles son entonces los factores determinantes de un territorio que generan cultura? La geografía, el clima, la fauna y todo lo que de ello derive: la alimentación, el trabajo, las comunicaciones, la convivencia, la vestimenta, la artesanía, las construcciones, el transporte,… o sea, lo que esté asociado a las demandas de ese contexto, asuntos claves que condicionan a los habitantes a adoptar estilos de vida, costumbres relacionadas con la sobrevivencia que se traspasan de generación a generación.

Kika Echeverría, amiga y antropóloga, ante la pregunta sobre qué es cultura señaló: “Cultura es el sentido común aprendido y transmitido en un contexto determinado. Como tal, no es absoluta; es diversa y mutable”. Esta definición especializada posee la doble cualidad de ser amplia y específica a la vez, y siento que no se contradice con la mía, sino que la contiene.

Se podría decir entonces que cultura es un conjunto de condiciones ambientales que inducen a que las personas reaccionen intuitiva y espontáneamente a constituirse como tales de acuerdo con esas condiciones, lo que determina sus conductas, creencias, hábitos, faenas, y donde sus deseos y decisiones corresponden a reacciones conscientes, de la adultez, que solo son detonadas con motivo de algún avistamiento de un exterior donde revolotean otras referencias, no conscientes hasta entonces, que despiertan cuando se despabila el verbo de la comparación, lo que ocurre cuando se pierde la ingenuidad. Esto quiere decir que la cultura, aquello que determina nuestra identidad, es un proceso que aun cuando compromete toda la vida se fragua con mayor fuerza en la infancia, en la etapa de la inocencia, grabándose con fuego en nuestro disco duro.


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Siempre me ha parecido acertado el dicho popular de “caer el tejo”, que se refiere a que algo, a raíz de un hecho puntual, gatilla repentinamente en la conciencia que ese algo cobre un sentido, adquiera presencia, o que relampaguee una luz que da clarividencia respecto de lo que viene o del porqué de lo que fue. Caer el tejo es despertar; pasar del estado del sueño al estado de la lucidez. Pero para que eso suceda es importante la reserva de una historia acumulada en la etapa del sueño.

Una vez, un amigo que vivió parte de su infancia y adolescencia completa en Roma, me contó que cada tarde de domingo, el piso del edificio donde vivía temblaba a causa del tren de carga que pasaba muy cerca transportando mármol de Carrara. Él y sus hermanos entonces protestaban por el hecho, puesto que el temblor deformaba las imágenes de las películas que veían en un pequeño televisor en blanco y negro. También, durante su cotidiano le era corriente observar ruinas milenarias desde las ventanillas de los microbuses del transporte público. ¿Qué sucede con una persona como ésa en su adultez cuando despierta, cuando le cae el tejo?

Esto me recuerda el impacto que experimenté el día que crucé por primera vez el umbral de la Escuela de Bellas Artes, encontrándome entonces con un conjunto magnífico de réplicas de esculturas griegas, dispuestas al centro de cada uno de los vanos que habilitaban las macizas columnas que rodeaban el perímetro del hall central del palacio. Fue a comienzos de los 70’s, cuando ingresé a estudiar a la Universidad de Chile. ¿Qué es lo que me impactó esa vez? Algo que reconocí familiar, que reposaba dormido en mi memoria y que al atravesar el umbral despertó súbitamente haciendo que me cayera el tejo. En ese recinto surgió inesperadamente un hallazgo que reveló parte importante de mi identidad grabada férreamente en los surcos de mi disco duro.

Mi infancia y adolescencia transcurrieron en el barrio patrimonial de Santiago, aledaño a la Estación Central, donde en esa época abundaban las construcciones pareadas que imitaban el estilo neoclásico francés del siglo XVIII, con todo tipo de columnas, capiteles y ornamentos en degradación, salpicados con excremento de palomas y en cuyos balcones cercados con balaustradas de finas terminaciones se alojaban quiltros, borrachos y mendigos sobre los embaldosados importados con diseños exclusivos. En esos años, siendo yo el mayor de diez hermanos, cada vez que uno se enfermaba terminaba por contagiar al resto; entonces mi madre, para sosegar nuestras hostigosas demandas, nos pasaba unos cajones con álbumes fotográficos y dos grandes libros con ilustraciones finamente labradas al aguafuerte: uno con representaciones de arquitectura y esculturas grecorromanas y otro con cruentas imágenes de mártires crucificados bocabajo en los orígenes del cristianismo, tras los cuales se extendían paisajes mediterráneos con palacios imperiales de la época. A esto se fueron sumando los fascículos de la Enciclopedia Estudiantil Codex, que mi abuela nos regalaba semanalmente, en varios de los cuales se recreaban escenas de la antigüedad, sin olvidar jamás una doble página central en la que aparecía Nerón con su lira observando desde un balcón la ciudad de Roma en llamas.

Ese fue parte del imaginario que modeló mi identidad, que se guardó en las reservas de mi inconsciente: ahí está un sector importante de mi domicilio. Por lo tanto el ingreso a la Escuela de Bellas Artes fue determinante en cuanto reveló de un solo golpe mi procedencia con esa escena, despertando así mi interés por descubrir mis orígenes desde la emancipación y con ello el mundo que me rodeaba.

La cultura es domicilio, y sin domicilio no hay identidad, tampoco imaginario.


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En escala uno a uno es posible observar cómo las particularidades de un domicilio estimulante influyen en lo que una persona es cuando se emancipa y enfrenta la existencia fuera de éste, porque lo hace desde un linaje que le ha otorgado un sello, un referente concreto que le orienta y convierten en un ciudadano que aporta con su singularidad al crecimiento de la patria. Y proyectando el escenario a la situación de nuestro país ¿Cuál es su legado? ¿Cómo se define nuestra cultura?

Nuestra geografía es compleja y adversa, cercada por una cordillera, un desierto, un océano y una antártica; cruzada por ríos, con un cordón telúrico atestado de volcanes y una Placa de Nazca que cada cierto tiempo reacomoda trágicamente la geología del territorio. Sabido es que estas tierras, cuando se colonizaron, eran habitadas por nutridos pueblos que se han ido extinguiendo por la fuerza, el abandono y el desprecio de los invasores que se instalaron como los amos. Somos un país aislado del mundo, y aunque hoy la tecnología y las comunicaciones permean fácilmente las fronteras, hemos cultivado el gen del resentimiento y la ignorancia a causa de la orfandad, lo que propicia la polarización y establece en las apariencias la especialidad. Somos un territorio con baja autoestima, que se devora a sí mismo, cuya atención está fija en los modelos del hemisferio norte, por lo tanto nos renegamos y optamos por la imitación, por los revestimientos y materiales fingidos, estableciendo en el tener la aspiración máxima de ser.

Esto nos convierte en un país vulgar, sin identidad o, dicho de otro modo, un país híbrido cuya identidad es la ausencia de identidad: tenemos un poco de todos y poco de nosotros, que es casi nada; razón por la que arrasamos con todo, porque no nos importan nuestros antepasados, nuestro patrimonio inmobiliario y tampoco el natural. Este país es una provincia miserable que está siempre a la venta, gobernada por los poderes fácticos que desde la indecencia, el abuso y ausencia absoluta de cultura se han apoderado de la geografía, del clima y la fauna que recorre esta franja de más de cuatro mil kilómetros de largo y pocos de ancho. Rodolfo Opazo, artista, quien fuera mi profesor y amigo después, una vez me dijo: “Cuando nací en este país, me hospitalicé”.


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Un país desarrollado se observa continuamente a sí mismo; respeta su anterioridad patrimonial y geográfica, encargándose de transmitir con celo esa fortuna a sus habitantes desde la infancia, consciente que sin ello es imposible crecer, pues todo progreso requiere como base una cultura consistente, cuya fortaleza radica en cautelar y promover la diversidad de talentos que surgen a su alero.

Esto significa que cultura no es demostrar acumulación de conocimientos, como erradamente se divulga, sino tener conciencia del origen, de la herencia, de aquello que nos define y diferencia de otros, es decir, de la identidad.

De esta matriz surge aquello que popularmente se llama “lo típico” que caracteriza a cada región, como las costumbres, comidas, juegos, pasatiempos, vestimentas, construcciones, convivencias, artesanías, creencias, mitos, transportes, faenas, bailes, deportes, cantos, folclores,... todas esas cosas que en estos tiempos, a pesar de los avances de las comunicaciones y la tecnología, que permiten las transferencias e intercambios de toda clase de insumos y conocimientos, igual se preservan, aun cuando acá, en nuestro país, todavía aspiramos a que durante la navidad, igual que en los países del norte, caiga nieve.

Así progresan los países, se emancipan. Y en esta emancipación surgen ciertos personajes claves que se encargan de la consolidación de la identidad y de cultivar el crecimiento; personajes que se caracterizan por la curiosidad, la inquietud, la crítica, la rebeldía, la duda, con aspiraciones asociadas a lo desconocido, a la incertidumbre; personajes que agitan las aguas y en cuyas cabezas se vuelve incesante la circulación del por qué. Ahí están los filósofos, los científicos, los humanistas y también los artistas: grupo señero, de exploradores dispuestos a jugarse la vida por aproximarse al origen de las cosas, siendo éstos los representantes primordiales de la cultura que los cobija. Los países visionarios, conscientes de este capital, apuestan por ellos; los rezagados, en cambio, optan por la comodidad de esperar el resultado seguro de aquéllos que se arriesgan, convirtiéndose en países pasivos, consumidores, que por estatuto desechan el cultivo de los talentos, del conocimiento y la creación, lo que conduce fatalmente a la ignorancia, el exitismo y la indecencia.


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Relaté antes sobre el impacto que me causó el cruce del umbral de la Escuela de Bellas Artes. Dije que esa vez me cayó el tejo. Sí, desperté, me despabilé: sentí que se me abría el mundo. Tenía entonces 19 años, y experimenté la emocionante sensación de que en ese instante comenzaba la vida real. Mi avidez por aprender fue insaciable y comencé a nutrirme de todo aquello que me permitiera conocer más. El trabajo permanente en mis ejercicios de taller, la profusa lectura y la música continua fueron incesantes: casi no dormía, y el entusiasmo me colmaba de energía. Ahí, entre tropiezos, a causa de la natural porfía de los prejuicios juveniles, comencé a entender de a poco la importancia de la cultura y el arte, intuyendo que la cultura era certeza y el arte incertidumbre, y que sin incertidumbre era imposible el crecimiento.

Y aun cuando el arte era mi oficio, cada vez que me preguntaba qué era no sabía cómo definirlo. De ahí en adelante comencé a padecer cada vez que alguien supuestamente experto comunicaba pública o privadamente lo que éste era, pues, como lo expresé al comienzo de este escrito, desde entonces, con un par de excepciones, solo he oído atrocidades indescifrables e irresponsables, que desvían el sentido real de este quehacer hacia territorios fantasiosos e impenetrables.

Pero, yendo al hueso y emitiendo una definición precisa y concreta, es posible sostener que: el arte es una manera de hacer que se interroga el mundo desde el enunciado de imágenes. Digo “manera de hacer” y no actividad, disciplina, oficio, vocación, incluso profesión, como algunos lo sostienen, por respeto a la palabra arte, que originalmente significa “manera de hacer”.

Pero independiente de esas nominaciones, en lo que todos estamos de acuerdo es que el arte, en esencia, es también un lenguaje, al igual que los idiomas, y como todo lenguaje, para ser entendido, experimentado y finalmente vibrado, debe ser transmitido y familiarizado desde la temprana edad, como parte natural de acceso a un saber al que tenemos derecho para optar a un mundo mejor, puesto que si el arte se interroga el mundo desde las imágenes, nos hace cómplices y vuelve conscientes, por lo tanto nos permite reconocer las huellas del camino que conduce a los orígenes, donde yace nuestra identidad; asunto que nos convierte en seres privilegiados, críticos y reflexivos, lo que por consecuencia nos despierta el sentido de pertenencia, el imaginario, el intelecto, la utopía, la creatividad, la lucidez, el asombro, la convicción, la espiritualidad, el arrojo, la autonomía, la mística,... el deseo de ir más allá, lo que nos convierte en patriotas.

Esto significa que el arte no es relleno ni pasatiempo; tampoco entretención, terapia, decoración, suntuario, accesorio, o una manifestación que dice, entre otras funciones inocuas que erróneamente se le atribuyen, aun cuando las puede desempeñar si se le fuerza. El arte es algo profundo que permite a los pueblos alcanzar un estado de fortaleza superior.

Esto me hace insistir en la verosimilitud de mi tempranera intuición, sobre que la cultura es certeza, el arte incertidumbre, y que sin incertidumbre es imposible el crecimiento. O sea que el arte emancipa, cohesiona y enaltece.


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Aunque con intención se puede, sé que es probable que lo anteriormente escrito no sea fácil de digerir en general, y esto se debe a un mal endémico y generalizado producto de una educación precaria y limitada, reducida a la obtención de éxitos puntuales asociados al bienestar pecuniario y nada más; por algo ya en el siglo XIX, consciente de esta falla estructural, Andrés Bello le dijo a Diego Barros Arana: “Escriba, joven, escriba sin miedo, que en Chile nadie lee”.

Esta es una ceguera volitiva y cómoda del Estado de Chile que, obnubilado por el destello de las ganancias de corto plazo, se desangra con la venta de los recursos naturales del territorio, apostando con ello al desarrollo, como si el tener más en lo inmediato significara ser más desarrollado, despreciando así el capital verdadero, el humano, que es de mediano y largo plazo, donde yace el real potencial y la auténtica, sana y justa proyección: el crecimiento genuino, el que solo se puede alcanzar con una sólida educación, formativa y no instructiva, como la que se transmite en este país.


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Colofón. Cuatro cosas.

Primero: ¿Por qué el arte no dice? Porque el artista busca, y el que busca no dice, pregunta. Por lo tanto las obras preguntan por medio de las imágenes y nosotros, cuando las presenciamos, nos asombramos y admiramos porque podemos dimensionar a través de esas imágenes la profundidad de la pregunta y el universo que ésta nos abre.

Segundo: ¿Por qué el arte es un lenguaje? Porque el arte, como todo lenguaje, posee un alfabeto que nombra el mundo a través de la forma, la materia, el espacio, el tiempo, el cuerpo, intercalando el lleno con el vacío, los colores con la luz y la sombra, los sonidos con el silencio, las palabras con los intersticios, el movimiento con la suspensión.

Tercero: El mundo, los países, las sociedades funcionan cada día, tienen rutinas, de otro modo sería imposible que el sistema progresara y rindiera frutos. Esta estructura, que es regular y sistemática, el arte, que se nutre de ella, desde su circuito orbital la altera, la pone en crisis, porque la observa e interroga desde las imágenes, por lo tanto crea conciencia, nos hace críticos, a raíz de que esa alteración, que es como tropezar en medio de un fluido caminar, despierta y vuelve visible aquello que por el hábito y la reiteración se ha vuelto invisible, se ha anestesiado. Es decir que gracias al arte, que es como un tropiezo, se puede sentir, crecer, disfrutar, asombrar, descubrir.

Cuarto: Hablé más arriba del relativo —y odioso para algunos— concepto de “país desarrollado”, sin hallar otra mención equivalente que defina con exactitud ese término. Para precisar el concepto, se puede decir que en lo que se observa, los países que alcanzan el mayor grado de desarrollo son aquéllos donde el Estado, consciente y respetuoso de su historia, de su patrimonio, de sus tradiciones, de su cultura, de su identidad, garantiza el acceso a los derechos básicos de las personas: salud de calidad, educación consistente y pensiones dignas (las viviendas se infieren de lo anterior). Un país que respeta y asegura ese piso básico, asegura el bienestar de las personas y el crecimiento integral de todos sus potenciales. Asegura la equidad, la igualdad de oportunidades y de género. Desincentiva la delincuencia, la suspicacia, la violencia, la discriminación, el racismo, la homofobia, el fanatismo, los extremos. Inhibe el abuso, la injusticia, la tenencia de armas, la colusión, la corrupción, el cohecho, el tráfico de drogas. Valora el ser por lo que se es y no por lo que se tiene; valora, cuida y promueve los talentos. Practica la honradez, la honestidad, la creatividad, etcétera, etcétera, etcétera…


Santiago, marzo de 2021.





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